Todo esto me angustia, pero no debo estar triste, no debo, que la tristeza no vaya unida a mi nombre, esa frase de Fucik es mi consigna...
- La broma -
Comencé a controlar un tanto mis sonrisas y, al poco tiempo, a tener la sensación de que una pequeña grieta se abría entre aquel que yo era y aquel que (según la opinión del espíritu de la época) debía ser y trataba de ser.
- La broma -
¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez.
- La broma -
Si fueras igual de alto como eres de tonto, el sol te quemaría el cerebro.
- La broma -
A pesar de mi escepticismo, me ha quedado algo de superstición.
- La broma -
¿Es que las historias, además de ocurrir, de acontecer, también dicen algo?
- La broma -
... en la provocativa frontera entre lo desagradable y lo atractivo...
- La broma -
La tierra en la que vivimos es un territorio fronterizo entre el cielo y el infierno.
- La broma -
La sumisión a la mentalidad generacional (ese orgullo de la manada) siempre me ha sido antipática.
- La broma -
¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud?
- La lentitud -
En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta.
- La lentitud -
Y ¿qué es el mundo entero? ¡Un infinito sin rostros! Una abstracción
- La lentitud -
Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria,
entre la velocidad y el olvido.
- La lentitud -
El grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.
- La lentitud -
La moda es una terrible servidumbre, y yo me sometí a ella como un esclavo.
- El libro de los amores ridículos -
¿Cómo es posible que su deseo tenga tanta fuerza que a su llamada la realidad venga corriendo humildemente, preparada para acontecer?
- El libro de los amores ridículos -
...no se trataba de un plagio consciente, sino más bien de una dependencia inintencionada con respecto a autores por los que sentía un gran respeto.
- El libro de los amores ridículos -
... hombres míseros y primitivos que me recuerdan a los jugadores de fútbol de pueblo, que se precipitan irreflexivamente hacia la portería del adversario, olvidando que lo que conduce al gol ( y a muchos goles más) no es la simple voluntad alocada de disparar, sino, ante todo, un juego preciso y honesto en el medio campo.
- El libro de los amores ridículos -


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